A DESALAMBRAR



Por Silvia Ribeiro
Investigadora del Grupo ETC


Las campesinas y campesinos del mundo no solamente alimentan a la mayoría de la población. Además lo hacen con menos de un cuarto de toda la tierra agrícola del planeta. Si se retiran de la estadística mundial a China e India, el promedio global es que proveen el alimento de más de 70 por ciento de la población mundial, con sólo 17 por ciento de la tierra.

Este dato, fundamental para demoler mitos sobre hambre, productividad y control de la tierra, es producto de una rigurosa investigación de varios años de la organización Grain. Su informe, Hambre de tierra, está disponible en www.grain.org en inglés y próximamente en castellano.

Contrasta fuertemente con los datos que citó hace un par de meses el director de la FAO, José Graziano da Silva, que aunque reconoce el aporte de los campesinos a la alimentación, les atribuye un infladísimo 70 por ciento de la tierra agrícola. Un dato de su equipo, que sobrepasa el ya engañoso 50 por ciento que está en el sistema de estadísticas de FAO y que muchos hemos usado erróneamente.

El equipo de Grain revisó país por país donde hay datos oficiales y académicos disponibles, integrándolos en una base de datos nacionales, regionales y continentales, usando y contrastando también los datos de FAO. El resultado muestra una realidad totalmente diferente de la que se ha difundido mayoritariamente y que se convierte en una pieza esencial para la reflexión y acción en el tema. La gran mayoría de los que producen alimentos son campesinas y campesinos, pero tienen una absurda minoría de la tierra agrícola. Aún peor, la tierra en manos de campesinos disminuye año con año, por avance de la agricultura industrial, por urbanización salvaje, megaproyectos energéticos, carreteros y otros que desplazan campesinos de sus tierras, les quitan el agua, contaminan sus semillas y territorios.

En un comunicado con la Vía Campesina Internacional, Camila Montecinos, de Grain, advierte que la concentración de la tierra agrícola en cada vez menos manos, está directamente relacionada con el número de gente con hambre. Por ello, las políticas asistenciales, como las cruzadas contra el hambre, son, en el mejor caso, apenas instrumentos de propaganda de los gobiernos, mientras las causas reales del hambre, el despojo de tierras, agua y semillas avanza arrolladoramente. Los programas rurales oficiales y de filantrocapitalistas como la Fundación Gates, insisten en que la solución al hambre pasa por hacer a los campesinos eficientes y productivos, cambiando sus semillas por transgénicos y agrotóxicos, ignorando que pese a las duras condiciones que viven, ya son responsables por la mayoría de la alimentación mundial.

Si este proceso sigue, agrega Montecinos, no importa cuán duro trabajen los campesinos, cuán eficientes y productivos sean, no podrán continuar, aumentando con ello el hambre y disminuyendo las posibilidades reales de afrontar el cambio climático. Lo que urge es una auténtica reforma agraria y parar el despojo de tierras campesinas.

A pesar de las dificultades para conseguir la información, detalladas por Grain, que anexa al informe su base de datos, la organización expresa que, con solidez, se desprenden seis conclusiones: 1) la vasta mayoría de los que proveen alimentos son productores de pequeña escala, cada vez menos y más pequeños; 2) las campesinas y campesinos están confinados a un cuarto de la tierra agrícola global; 3) se están perdiendo más parcelas campesinas, mientras crecen grandes instalaciones agrícolas industriales; 4) las campesinas y campesinos proveen la mayor parte de la comida en el mundo; 5) las parcelas campesinas son en general más productivas que las grandes granjas industriales y 6) la mayoría de los campesinos son en realidad, campesinas.

Responden también preguntas que se desprenden de estas conclusiones. Por ejemplo, si son más productivos y proveen la mayor parte de la alimentación mundial, ¿por qué la mayoría de pobres está en el medio rural? Sencillamente, les falta tierra y cuando comercializan, son pésimamente pagados.

En el tema de productividad, muestran como la gran producción industrial oculta su ineficiencia dando valores aislados de productividad de cada cultivo por hectárea, sin reportar los insumos reales, energía, maquinaria y derivados de petróleo que significa su producción, mientras que los campesinos en un pequeño espacio producen, crían y recolectan una gran diversidad de cultivos, plantas, frutos, animales, que significan un volumen mucho mayor de alimentos por superficie. Pero incluso sin tomar esto en cuenta, en muchos países los campesinos producen la mayor parte de las hortalizas, algunos granos, leche, animales domésticos. Grain calculó que si todos los productores de Kenya tuvieran la productividad de sus campesinos, el país duplicaría su producción agrícola. En América Central, la misma ecuación triplicaría la producción. Adicionalmente, un reciente informe del Relator Especial del Derecho a la Alimentación muestra que en 57 países, iniciativas agroecológicas de campesinos lograron aumentar el promedio de producción en 80 por ciento, y en África, 116 por ciento.

Por otra parte, países con megaplantaciones de transgénicos coinciden con la mayor pérdida de parcelas campesinas. Por ejemplo, Estados Unidos y Argentina han perdido más de 30 por ciento de sus propiedades agrícolas en las últimas décadas. La realidad habla claro: para afrontar el hambre no se necesitan ni transgénicos ni agricultura industrial, lo que se necesita es reconocer, respetar y apoyar la diversidad y las muchas formas de vida y producción campesinas, indígenas, de pequeña escala, incluso urbanas.

http://www.jornada.unam.mx/2014/05/31/opinion/018a1eco

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