sábado, 21 de mayo de 2011

Por qué luchamos / Fragmento del Informe ANA 2008

mineria enfermedades

Por qué luchamos

31 de Octubre de 2010 · Por Arturo Avellaneda*

Esencialmente una civilización es una cultura consciente de su proyección en el tiempo. Así como no existe una civilización que no sublime una cultura previa, tampoco podría ser concebible otra que no fuera consciente de su propio proceso histórico. La escritura realiza la tradición y perfecciona las costumbres por simple comparación experiencial. La civilización moderna extrema este proceso con la comunicación audiovisual instantánea. Sin embargo, aparentando una participación falaz, un desarrollo común y un crecimiento homogéneamente extendido, este nuevo fenómeno promocional, produce una nueva clase de distorsión característica de estos nuevos tiempos postmodernos.

La aculturalización, que no es sino el resultado del esfuerzo dedicado a la propia alienación y la de nuestros congéneres más cercanos.

El progresismo rioplatense, en su afán por formar parte de una incipiente civilización universal, se enroló tempranamente en los sistemas de creencias propios de las culturas reconocidas como civilizadas.

La literatura universal, la ciencia, la religión judío cristiana y en cierta forma hasta el movimiento emancipatorio, son criterios civilizatorios acuñados en la remota parcela norte del hemisferio occidental. Así, nuestro desarrollo sudamericano, paradójicamente no es tanto el desarrollo de lo nuestro, como un desarrollo dado sobre nosotros y nuestras cosas. Este pequeño detalle semántico, supone un sinnúmero de equívocos que han circulado por el debate de nuestros primeros intelectuales. Basta releer el sublime texto de Juan Bautista Alberdi conocido como "La doble armonía", para ejemplificar cabalmente donde radica la diferencia y el porqué del debate.

Pero de igual forma en que la cultura es previa a la civilización, el entorno natural y geográfico lo es a la cultura. El substrato étnico, como natural emergente de un entorno geográfico apto, es tanto o más condicionante en la conformación de una cultura como el mismísimo lenguaje lo es de la civilización actual. Es en este punto donde el andamiaje de una civilización universal actualmente se detiene. Sencillamente el factor ambiental representado principalmente por la capacidad de un entorno geográfico de sostener o no vida, representa el elemental límite del desarrollo actual. Ya no se trata de presentar el mejor argumento, ni de obedecer al mejor profeta, ni de ostentar la más poderosa de las flotas; por el contrario es sencillamente la disponibilidad de ambientes naturales el mayor condicionante en la actual carrera por la supervivencia. Es así como la relevancia de los temas ambientales ha cobrado jerarquía de una manera creciente.

En tanto el progresismo "optimista" trata de sostener alineadas todas sus energías en pos de metas astronáuticas y cibernéticas, sólo plausibles en los programas televisivos. Los condicionantes principales del desarrollo son entre otros, el agua potable, los alimentos genuinos y los combustibles fósiles. Un retorno a los más elementales argumentos, condiciona la actual continuidad del soporte material desde su fundamento más primitivo. La capacidad biológica de cada región de generar sustento.

La prosecución del proceso evolutivo del ser humano no es un tema médico, ni genético, ni nunca lo fue. Sobrepasar la capacidad cerebral de un homínido arbóreo y desarrollar la facultad de emplear herramientas manuales, no fueron nunca actividades cómodas de desarrollar en un consultorio. Fue la interacción con el medio lo que construyó la compleja síntesis de facultades que en definitiva somos. Es nuestra vida actual, un diverso cúmulo de elementos materiales, biológicos y sociales, que tienen por resultado a nuestra cultura. Por eso debemos estar atentos a todas las formas de trasmitir y acumular saber y compartirlas entre quienes honestamente profesamos valores humanos. Porque sencillamente es ahora cuando nos van a hacer más falta.

Entre todas sus fuerzas condicionantes, la presencia humana navega su destino gracias a la continuidad de los procesos biológicos que la sustentan. Dañarlos es un acto criminal. E ignorar que curso de acción deba orientar nuestros futuros pasos, demencia pura.

Así como para el oído del músico, el orden de los bemoles es una secuencia estricta e irremplazable, la natural secuencia en que cada una de nuestras funciones biológicas se relaciona con su entorno es también un orden estricto de actividad cuyo resultado natural es la presencia de una cultura humana en cada región de la que se trate. La conjunción de los factores materiales, biológicos y sociales apropiados, tienen naturalmente un mismo resultado: una floreciente cultura.

Año tras año se ordenan los ciclos naturales por sí solos y su efervescencia demuestra la concatenación de sucesos que tiene a la comunidad a la que pertenecemos como mejor exponente del estado de sanidad de los sistemas biológicos que nos contienen. Algo impulsa tan benéficamente nuestra vida sin que lo notemos. Y con el despertar del sol vuelve a ocurrir todos los días, sin que por ello debamos intervenir conscientemente de forma alguna.

Etología de la satisfacción sea quizás entonces una nueva definición de cultura. El reencuentro con una dinámica constructiva en lo individual, familiar, social y ambiental. Una Ingeniería social para un nuevo desarrollo de lo diverso. La economía, la educación y una nueva distancia entre la persona y la naturaleza esperan por la aceptación de un nuevo horizonte humano en armonía con su único entorno posible: El planeta tierra. Nuevamente situados entre nuestros ríos, por dentro de nuestros montes y rodeados finalmente por la fauna y flora que corresponde con el paisaje, podremos decir entonces que la nuestra es una nueva Ecología, pero con los seres humanos.

Quizás una de las consecuencias más notables de este nuevo cambio de paradigma global, lo represente el abandono de las ideologías dogmáticas. La experiencia ilumina más que el dogma toda vez que enfrentemos una situación tan cambiante y dinámica como la que nuestra diversidad nos ofrece. Este será entonces el nuevo escenario donde argumentarnos desde lo telúrico. Un terreno que demandará una capacidad adaptativa también de nuestras instituciones fundamentales.

Cuando hablamos de concentración de la riqueza, de extranjerización de la tierra, nos referimos a esto, pero también a la desarticulación de una facultad inherente a la conciencia colectiva de adherir a un sistema de distribución del mérito y al esfuerzo económico. Un sistema económico habita en cada miembro activo, y expresa además de un monto de capital, una calificación ética sobre cada resultado. Pronto, no será sólo el precio monetario sino el costo social y la inversión ambiental, lo que orientará el criterio del nuevo revalúo de este cambio de modelo de desarrollo que transitamos.

Si hemos de afrontar el desafío de construir una nueva utopía, esta no podrá sino ser el resultado de una síntesis integradora del conocimiento actual. Sin unreencuentro del hombre con su entorno geográfico, toda la tarea perecerá en la tentativa. El aporte ético de lo humano como colectivo expresado en la práctica asamblearia, como nuevo elemento de juicio social al desarrollo y a la intervención económica de un hábitat dado, han de señalar el camino de una nueva forma de ocupación territorial. Así, hasta el más remoto habitante de esta tierra podrá tener la tranquilidad de que junto con él estamos bregando por un futuro más digno para todos nosotros.

* Fragmento del Informe ANA 2008